Ahí, donde lo familiar se transforma en extraño, donde lo doméstico se torna incierto y destructivo, es donde se ubican las obras de Ryden. Un universo paralelo plagado de figuras de perturbadora ternura, de inocentes personajes corrompidos, de símbolos que accionan memorias de la niñez. El lado B de Alicia: imágenes oníricas en las que la violencia duerme bajo la superficie.
Una construcción infinita cuyo placer no está en el remate sino en la reiteración exploradora
24 octubre 2008
16 octubre 2008
Breathing is the hardest thing to do
Interstate Love Song de Stone Temple Pilots, anoche en el Pepsi.
13 octubre 2008
He who goes in quest of aid
“Un hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe, con el milagroso espanto de Robinson ante la huella de un pie humano en la arena, percibe alguna mitigación de infamia: una ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los hombres aborrecibles. ‘Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más complejo’. Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese momentáneo decoro; de ahí postula que éste ha reflejado a un amigo, o amigo de un amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: en algún punto de la tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo. Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la imaginación y del bien”.
“El acercamiento a Almotásim” en Historia de la eternidad de Jorge Luis Borges.
“El acercamiento a Almotásim” en Historia de la eternidad de Jorge Luis Borges.
08 octubre 2008
06 octubre 2008
Sujetos humanos comunicantes: Ja!
¿Puede la palabra expresar el ser del sujeto? En una época me costaba menos coincidir con vos, querido amigo, en aquello de “poner mute”, de sacar las palabras del medio. Sentenciábamos con desparpajo: “el lenguaje no sirve”, “hablar es muy fácil”. Hoy, mis pensamientos, amigo, han cambiado de dirección (me pregunto, CAS, ¿quién sí y quién no cobrará mi cambio? ¿Es como pagarle al carnicero lo que compraste en la verdulería?). Hoy, decía, tengo la ambición (y ahora empiezo otra vez con eso de las búsquedas y las persecuciones y ya (me) aburro) de alcanzar la plenitud de la expresión a través de la palabra, sin excesos ni defectos, sin más ni menos de lo que quiero decir, sin más ni menos de lo que se que digo. Hoy, por más confundido que creas que esté, amigo mío, no quiero bajarle el volumen a las palabras. Lo que quiero es subírselo hasta que exploten, saturados, los parlantes. Busco una palabra que, despojada de responsabilidad, libre, sin sutilezas, con tropiezos, me sirva para expresarme completamente. Ya no creo que hablar sea fácil. Creo, más bien, que hablarle a otro de un modo auténtico es algo complejo. Y sumergirme en esa complejidad me obsesiona hoy, amigo mío, más que ninguna otra cosa. Llenar de sentido mi palabra y la del otro es lo que me quita el sueño. Porque no quiero olvidarme de lo que el otro dice ni que el otro se olvide de lo que digo. Encontrar en mis actos los sentidos de palabra. Una palabra plena, eso es lo que quiero. Una palabra que me transforme. Sentir el cambio tras cada enunciación. Por todo esto, es que sufro la contradicción: la palabra para ser plena ha de ser libre y yo cada vez mido más, cada vez pienso más antes de hablar, cada vez hablo menos. Entonces, me pregunto sobre los requisitos para que la palabra plena haga su aparición como fenómeno. ¿Puede aparecer en algún otro lugar que no sea en terapia? ¿Puede una conversación cualquiera convocarla? La importancia de la convocatoria: tengo esta costumbre un tanto irritante (me irritan mis hábitos, como esto de los paréntesis) de preguntar a mi interlocutor “¿qué pensás?” con la ilusión de que emerja como respuesta esa palabra plena que deseo (tanto enunciarla como escucharla), que me excita. “Ydecimetodoloqueestépasandoportucabezaahora”. Y así mismo, tengo la absurda necesidad de ser, también yo, convocado. La intervención de alguien que haga posible este tipo de transferencia simbólica (estos términos te pasan por rodearte de psicólogos, ¡jodete!). Y si bien muchos caminos condujeron a la desilusión, no todos. Intuyo la posibilidad.
(No teman: este blog no va a convertirse en una especie de fucking diario íntimo)
(No teman: este blog no va a convertirse en una especie de fucking diario íntimo)
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