El primero, el protagonista de la película El hombre que denunció a Dios, de Mark Joffe: su velero queda destrozado tras un rayo; el seguro se niega a pagar los daños alegando que se trata de un acto divino (la aseguradora se apropia de este exclusivísimo derecho de la Iglesia); el damnificado resuelve, entonces, demandar al Todopoderoso. Las iglesias, en calidad de representantes de Dios, podrán ganar el caso probando la inexistencia de Dios o bien deberán pagar al demandante (interesante dilema el que se les presenta).
El segundo, el rumano Pavel Mircea, en lo que el fue el divulgado caso “Mircea vs. Dios” (2005): condenado a 20 años por asesinato, acusó a Dios de “haber violado el contrato que establecieron durante el bautismo, de no cumplir con su promesa de mantenerlo lejos del mal camino, de no protegerlo de la tentación del diablo, que lo embaucó y estimuló para que matase a una persona”; reclamó una indemnización por un supuesto delito de soborno y fraude, pidió que se le devuelva el dinero gastado en servicios religiosos y velas (¡La realidad supera a la ficción!). Las autoridades judiciales no descartaron investigar al Creador, pero el asunto se congeló por ¡“falta de presupuesto”! Finalmente, el caso se resolvió a favor de El Señor porque “carece de un domicilio en la tierra hasta el cual el tribunal pueda hacerle llegar una citación para declarar” y porque “no se encontró a un abogado que pudiera representarlo” (lo cual me resulta muy sospechoso: los abogados saben que algunos casos se ganan, otros se pierden, pero todos se cobran).
El tercero, Ernie Chambers, un senador norteamericano que esta semana acusó a Dios de haber causado “nefastas catástrofes” en el mundo que han provocado “muertes generalizadas, destrucciones y han aterrorizado a millones de habitantes de la Tierra, incluso a bebés inocentes, niños, ancianos y enfermos, sin ninguna distinción”. Ante la imposibilidad de que Dios se presente en el proceso, reclama se cite a representantes de “varias religiones, denominaciones, y cultos que, de manera notoria, reconocen ser agentes del demandado y hablan en su representación”. El demandante reconoce que ha hecho “razonables esfuerzos” para invocar al demandado con llamados de “manifiéstate, manifiéstate, donde quiera que estés”, aunque sin éxito. La demanda fue admitida por la Corte de Nebraska. El motivo que impulsó a este legislador a demandar a Dios fue, en realidad, evidenciar que en Estados Unidos una demanda puede prosperar más allá de lo extravagante de su contenido lo que, por cierto (y aquí otro interesante dilema), genera adhesiones y críticas en igual medida. Un caso así, por otro lado, nunca podría darse en nuestro país: no hay tal clase de legisladores inteligentes, creativos y desafiantes.
Por último, las demandas pueden parecer ridículas pero, ¿acaso es tan ridículo pensar en “Dios” como el mayor asesino de la humanidad, ya sea ‘por vía directa’ o a través de sus representantes y fieles?
El segundo, el rumano Pavel Mircea, en lo que el fue el divulgado caso “Mircea vs. Dios” (2005): condenado a 20 años por asesinato, acusó a Dios de “haber violado el contrato que establecieron durante el bautismo, de no cumplir con su promesa de mantenerlo lejos del mal camino, de no protegerlo de la tentación del diablo, que lo embaucó y estimuló para que matase a una persona”; reclamó una indemnización por un supuesto delito de soborno y fraude, pidió que se le devuelva el dinero gastado en servicios religiosos y velas (¡La realidad supera a la ficción!). Las autoridades judiciales no descartaron investigar al Creador, pero el asunto se congeló por ¡“falta de presupuesto”! Finalmente, el caso se resolvió a favor de El Señor porque “carece de un domicilio en la tierra hasta el cual el tribunal pueda hacerle llegar una citación para declarar” y porque “no se encontró a un abogado que pudiera representarlo” (lo cual me resulta muy sospechoso: los abogados saben que algunos casos se ganan, otros se pierden, pero todos se cobran).
El tercero, Ernie Chambers, un senador norteamericano que esta semana acusó a Dios de haber causado “nefastas catástrofes” en el mundo que han provocado “muertes generalizadas, destrucciones y han aterrorizado a millones de habitantes de la Tierra, incluso a bebés inocentes, niños, ancianos y enfermos, sin ninguna distinción”. Ante la imposibilidad de que Dios se presente en el proceso, reclama se cite a representantes de “varias religiones, denominaciones, y cultos que, de manera notoria, reconocen ser agentes del demandado y hablan en su representación”. El demandante reconoce que ha hecho “razonables esfuerzos” para invocar al demandado con llamados de “manifiéstate, manifiéstate, donde quiera que estés”, aunque sin éxito. La demanda fue admitida por la Corte de Nebraska. El motivo que impulsó a este legislador a demandar a Dios fue, en realidad, evidenciar que en Estados Unidos una demanda puede prosperar más allá de lo extravagante de su contenido lo que, por cierto (y aquí otro interesante dilema), genera adhesiones y críticas en igual medida. Un caso así, por otro lado, nunca podría darse en nuestro país: no hay tal clase de legisladores inteligentes, creativos y desafiantes.
Por último, las demandas pueden parecer ridículas pero, ¿acaso es tan ridículo pensar en “Dios” como el mayor asesino de la humanidad, ya sea ‘por vía directa’ o a través de sus representantes y fieles?