31 octubre 2006

Lo esencial es invisible a los ojos

“¿Cómo lo hizo?”. Esta pregunta es con frecuencia la primera reacción del espectador del truco de magia. Algunos desean conocer el truco para vengarse del repetido engaño que el ilusionista crea al ego personal, y así ridiculizarlo y menospreciarlo. Pero en esa codiciosa pretensión de ver más allá de lo que se le muestra, el espectador pierde el sentido de la magia y la gracia de la ilusión (además de no encontrar respuesta a la ridícula pregunta, pues raras son las manifestaciones del condenable delito de la explicación pública del secreto). Lo que quiero decir es que no vale la pena indagar. La magia es un arte (el arte de hacer realidad algo que parece imposible y de hacerlo invisible a los ojos del espectador) y, como tal, no hay que hacerle muchas preguntas. Un arte que necesita (más que otros) del público, de uno que se deje ilusionar.

Entre estos artistas (porque crean) que son los ilusionistas hay uno que resalta. No por su vestuario o sus artefactos llamativos. Tampoco por los efectos especiales que utiliza ni por sus grandes trucos espectaculares sino por todo lo contrario: porque hace magia simple, porque vuelve a la antigua magia de los actores ambulantes, porque sabe generar la sensación de situación irrealizable, sabe transmitir el misterio delante mismo de los ojos de la gente.



(El video es de David Blaine: street magic. Al final un par de trucos que resultan tontos para el espectador escéptico pero que son geniales para el que se deja ilusionar).

25 octubre 2006

Las dos caras de una verdad

“Debes saber en primer lugar que cada cosa que tiene un rostro manifiesto posee también uno oculto. Tu rostro es noble: tiene la verdad de los ojos con los que captas el mundo. Pero tus partes peludas, bajo el vestido, no tienen menos verdad que tu boca. Esas partes, secretamente, se abren a la basura. Sin ellas, sin la vergüenza aneja a su empleo, la verdad que ordenan tus ojos sería avara.”

De Georges Bataille en El catecismo de Dianus.

13 octubre 2006

Periodistas de ficción o ficción de periodistas

Ya es la segunda vez que en el muy buen unitario de Damián Szifrón, Hermanos y detectives, aparecen las figuras de los conductores del noticiero del canal (Telefe). En la última emisión del programa, un francotirador se encargaba de matar a tres personas desde las terrazas de distintos edificios y Cristina Pérez y Rodolfo Barilli informaban al respecto tal cual lo hacen sobre cualquier hecho de la realidad. Cristina y Rodolfo (y también Guillermo Andino, conductor del noticiero de América, que tenía un gracioso parlamento, algo así como: ‘el francotirador disparó a troche y moche’) no actúan en la serie encarnando personajes de detectives, de asesinos, de víctimas, ni siquiera personajes de conductores de noticieros (de algún otro noticiero, creado para la ficción), sino que despuntan el vicio actuando de ellos mismos. El recurso se usa para darle verosimilitud al conflicto que se desarrolla y, en ese sentido, resulta efectivo, pero no repara en la consecuente pérdida de credibilidad de los periodistas (y del noticiero), capaces de presentar y comentar con la misma seriedad, con las mismas voces y gestos de solemnidad, con la misma escenografía de fondo y hasta con el mismo vestuario, una noticia creada para la ficción y la crisis en el Hospital Francés o el crimen del ‘tirador de Belgrano’ (para aprovechar las similitudes del caso). Demasiado poco serio para ser periodistas (si es que lo son), pero es posible que Telefe no esté pagando buenos sueldos a los conductores de su noticiero y éstos necesiten hacer alguna changa, algún bolo actoral para subsistir. En ese caso, por supuesto, estarían justificados.

06 octubre 2006

Para aullar luego solo en la noche tristísima

“Pude comprobar que Haller era un genio del sufrimiento, qué él, en el sentido de muchos aforismos de Nietzsche, se había forjado dentro de sí una capacidad de sufrimiento ilimitada, genial, terrible. Al mismo tiempo comprendí que la base de su pesimismo no era desprecio del mundo, sino desprecio de sí mismo, pues si bien hablaba de instituciones y personas sin miramientos y con un sentido demoledor, nunca se excluía a sí, siempre era el primero contra quien dirigía sus flechas, él mismo el primero a quien odiaba y negaba (…) Pero lo que no había aprendido era una cosa: el estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo. Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa (…) En él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en constante y mortal odio, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible (…) Cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa (…) Y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana. Pero exactamente lo mismo le ocurría cuando Harry se sentía lobo y obraba como tal, cuando les enseñaba los dientes a los demás, cuando respiraba odio y enemistad terribles hacia todos los hombres y sus maneras y costumbres mentidas y desnaturalizadas. Entonces era cuando en él se ponía al acecho precisamente la parte de hombre que llevaba, lo llamaba animal y bestia y le echaba a perder y le corrompía toda la satisfacción en su esencia de lobo, salvaje y plena de salud (…) A los caracteres del lobo estepario pertenecía el que era un hombre nocturno. La mañana era para él una mala parte del día, que le asustaba y que nunca le trajo nada agradable. Nunca estuvo en realidad contento en una mañana cualquiera de su vida, nunca hizo nada bueno en las horas antes del mediodía, nunca tuvo buenas ocurrencias ni pudo proporcionarse a sí mismo ni a los demás alegrías en esas horas. Sólo en el transcurso de la tarde se iba entonando y animando, y únicamente hacia la noche se mostraba, en sus buenos días, fecundo, activo y a veces fogoso y alegre. Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad de independencia más profunda y apasionada que él (…) Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que tampoco él a sí mismo, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y de aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, sino su destino y su condenación.”

De Herman Hesse en El lobo estepario.