28 diciembre 2006

Fue y vino

Algunos fragmentos de la entrevista realizada a Frank Zappa por el periodista David Sheff para la revista Playboy (1993):

“-Yo soy una especie de periodista. Tengo derecho a decir lo que quiera sobre cualquier tema. Si no tenés sentido del humor, mala leche.
-Obviamente, vos no pensás que las canciones pueden hacer que la gente mate o viole o se suicide.
-Hay más canciones de amor que cualquier otra cosa. Si las canciones pudieran hacernos hacer algo, todos nos amaríamos.”

“-Sonás tan cínico como siempre.
-Es difícil no serlo.
-Sin embargo te parece que vale la pena sublevarse.
-El pesimismo y el instinto natural de sublevarse no se excluyen mutuamente. Sublevarme es algo que me sale naturalmente.”

“La cosa pasa por el tiempo. El tiempo es todo. Cómo pasar el tiempo. Todos queremos tener algo que hacer con nuestras mentes. El hecho de elegir es una de las mayores preocupaciones humanas. La gente que encuentra las soluciones más fáciles, como la cerveza y el fútbol, podría ser más feliz si su vida tuviera un poco más de dimensión. Pero la mayoría de la gente, una vez que logra un cierto grado de gratificación para disponer de su tiempo, no va más allá de eso. Ya sabe lo bien que se va a sentir en un partido de fútbol o cuando tome una cerveza. No quiere saber qué hay más allá. Construye su vida alrededor de eso. Yo tengo que mirar mucho más allá del partido de fútbol y la lata de cerveza. Una vez que estuve allá afuera y toqué ese límite, siento como si tuviera que traer de vuelta conmigo algunos artefactos, para ver si alguien más se interesa. Eso es lo que hago. Voy y vuelvo. ‘Tomá. Esto es lo que pasa después del partido de fútbol’.”


El video es Bobby Brown de Frank Zappa (1978).

11 diciembre 2006

Los intolerables argumentos de Pangloss o la justificación infinita y el rechazo al cambio

“Está demostrado -decía- que las cosas no pueden ser de otro modo: pues si todo ha sido hecho para un fin, necesariamente todo es para el mejor fin. Obsérvese bien que las narices se hicieron para llevar anteojos; y así es como llevamos anteojos. Evidentemente, las piernas están destinadas a llevar calzas, y llevamos calzas. Las piedras se crearon para ser talladas y para hacer con ellas castillos; y así es como monseñor tiene un hermosísimo castillo: el primer barón de la provincia debe ser el que habita en la mejor mansión; y como los cerdos se hicieron para ser comidos, comemos carne de tocino todo el año. Por consiguiente, los que han dicho que todo va bien, han dicho una necedad: hubieran debido decir que todo va del mejor modo posible (…) Todos los hechos están encadenados en el mejor de los mundos posibles: pues, en resumidas cuentas, si no hubieseis sido expulsado de un hermoso castillo con grandes puntapiés en el trasero, por causa del amor de la señorita Cunegunda, si no hubierais caído en manos de la Inquisición, si no hubieseis recorrido América a pie, si no hubierais dado una buena estocada al barón, si no hubieseis perdido todos vuestros corderos del buen país de Eldorado, no comeríais aquí chilacayote y alfóncigos.”

De Voltaire en Cándido o el optimismo.

01 diciembre 2006

Bailando por un sueño

“¿Para qué ir al zoológico o al music-hall si los animales y las vedettes vienen a casa (aunque, eso sí, descorporeizados)? (…) Uno de los momentos más recurrentes en todos esos espacios de la programación en que reina la farsa de la intimidad y en los que se acumulan los más histriónicos gestos de familiaridad consiste en lo que podríamos denominar la falsa sorpresa: el presentador finge que algo inesperado, imprevisto en el guión del programa, sucede y le sorprende. Se trata, pues, de la puesta en escena de la naturalidad a través de la representación de la emergencia de lo imprevisto. Pero es evidente para todos que se trata de una representación más, de un mero truco espectacular. De hecho, la torpe interpretación del presentador lo subraya, pues en ningún caso se espera del presentador una eficaz -verosímil- interpretación; todo lo contrario: lo que prima es, precisamente, esa torpeza que hipertrofia a la vez que inverosimiliza el gesto interpretativo: no hay realmente fingimiento de la sorpresa, sino fingimiento del fingimiento de la sorpresa; el artificio, así, se afirma en su despliegue espectacular. El animal televisivo no finge -es decir; no interpreta- finge que finge y así proclama la dimensión espectacular y hueca de una intimidad y naturalidad hipersignificada a la vez que absolutamente abolida. Finge que finge: nada real se afirma, nada se pretende convincente, salvo el esfuerzo de ofrecerse como espectáculo hueco para una mirada.”

De Jesús González Requena en El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad.