24 junio 2010

La percepción es la clave para la transformación

-No te apures tanto: tenés más tiempo del que creés. Lo que estás viendo no es lo que está pasando, exactamente; es la imagen, menos el tiempo que tarda en viajar. ¿No has oído de esas estrellas que uno ve, y se han apagado hace muchísimo? Es lo mismo: la luz tarda en llegar…
-¡Pero Horacio, eso pasa con las estrellas que están a millones de kilómetros!
-Pasa en todas partes, hasta aquí entre vos y yo –estaban a medio metro uno del otro. Cuanto más cerca estás, menor es la diferencia entre lo que pasa y lo que se ve, pero la diferencia sigue estando.
-¿Cuánto puede tardar la imagen de la calle hasta acá? Una fracción de segundo.
-Es muy poco, de acuerdo. Pero es. Y te sorprendería saber cómo se nota. Es increíble lo que se puede hacer en muy poco tiempo, cuando uno sabe lo que quiere hacer, cuando se pone a hacerlo con decisión. Yo saco mucha ventaja de ese pequeño lapso. A veces me asomo por aquí, veo llegar el camión del sodero, y no hay nadie abajo para abrirle la puerta, los veo empezar a descargar los cajones (viste qué apurados están siempre), entonces bajo, y cuando salgo a la vereda, el camión está llegando…
-¡Qué exagerado sos! –se rió Mario. –Esperá un poco… ¿No debería ser al revés? ¿Cómo vas a ver la imagen antes de que se produzca? ¡La ves después! Los soderos se cansaron de esperarte, siguieron con el reparto, y cuando vos bajás están de vuelta…
-No. La imagen atrasada la ves mirando para arriba, por ejemplo a las estrellas. Mirando para abajo la ves adelantada.
-No puede ser.
-Sí puede. Yo me manejo así, y me da resultado.

De modo que era así como se las arreglaba Horacio con el tiempo. Cada cual tiene su pequeño o gran método, y todos viven. De ahí debía de venir la prodigiosa seguridad en sí mismo de este gordo fanfarrón. Si él se lo creía, no iba a ser Mario el que lo sacara de su ilusión, porque todos, quien más quien menos, debían vivir sobre alguna ficción equivalente.

De César Aira en El sueño.

04 junio 2010

Belle de jour


Todo lo que hay en el mundo de bello y de sublime forma parte de la belleza que se ama, y esta vista inesperada de ventura llena instantáneamente de lágrimas los ojos. El amor de lo bello y el amor se dan mutuamente la vida.

28 mayo 2010

Herida

¿Coser los bordes de la herida, debo? ¿Puedo?
¿Es debido? ¿He podido?
Suturarla doliente ya, doliéndome,
rastreramente husmeando como un perro
oh señor, a sus pies -oh señor
con esa pierna atada, amputada, anestesiada, doblada pierna

¿O estoy? ¿Ando? metiendo los estiletes en el muslo
para que arda
para que mane
haciéndole volcar lechoso polvo en la enramada
ampliándola, estirándola

No me hagas caso, Morenito, no lo hagas
así, tan prominente y espantosa la herida lo que hiende
la penetración del verdugo durante el acto del suplicio
durante la hora del dolor, del calor
de la sofocación de los gemidos
impotente como potente bajo esa masa de tejidos
arbitrarios como bandidos
asaetados por los chirridos

¿Quiero pues? ¿deseo, pues? ¿después?
¿Debo chupar? ¿mamar?
de ese otro seno herido, desangrado
con la pierna cortada
con la daga en la nalga
ah caminar así,
rauda cual ráfaga
montañas de basura mágicas y luminosas
¿ser lúcida? ¿ahora, hoy?
tumbada cual yegua borracha
cual chancha echada
cual vaca animal, animal
No me hagas caso, Morenito.


Fragmentos de Herida pierna de Néstor Perlongher.

17 mayo 2010

Todo lo que uno hace es una negación a envejecer



El video es una entrevista a Witold Gombrowicz en la que habla de la juventud (esa que, finalmente, ayer perdí, mientras cumplía 29 años) y la lectura de un fragmento de Ferdydurke.

24 noviembre 2009

El Pasado

Pero dos días más tarde (los dos días que Viena, según los resultados de la contabilidad final, terminaría robándole a Londres), cuando entraron a la Osterreichische Galerie, al salón de los Klimt -Rímini desafiante, Sofía débil y adorable, envuelta en un poncho como una beduina invernal, los dos alegrando el aire caldeado con las nubecitas blancas que traían de la calle-, Rímini sintió el amparo de quien vuelve a una patria después de un largo exilio de tristezas. Recorrió las salas, amodorrado por la suave luz amarillenta, y miró los cuadros con un desgano feliz, como si estuviera tan lejos de todos que ni la belleza pudiera malograr su bienestar. Se detuvieron ante El beso y lo contemplaron abrazados, víctimas de ese mimetismo que se apodera de los enamorados cada vez que miran la imagen que siempre han creído que los mira y les habla. “Ya pasó lo peor”, pensó Rímini, y cuando quiso nombrar “lo peor”, lo que le vino a la mente no fue Viena, ni los contratiempos del idioma, ni la fiebre, ni siquiera el dinero y el tiempo que el “error austríaco”, como había pasado a llamarlo, les había robado, sino la simple posibilidad, que no vislumbraba en el futuro sino en el pasado en ese par de horas que dos días atrás había pasado solo, de que Sofía, esa masa de calor pequeña y compacta que ahora se apretaba contra su cuerpo, hubiera desaparecido de su vida para siempre. Como el sobreviviente que cada noche, antes de dormirse, asiste una y otra vez al accidente que casi lo mata, y sólo después de revivir sus pormenores descubre que ese día no hubo distracciones, ni pavimentos mojados, ni autos fatales, y que ese accidente que nunca tuvo lugar aun así le ha robado una parte de su porvenir, abriéndole una herida horrenda en el alma, Rímini volvió a verse lejos de Sofía, se vio sin ella, y esa figura huérfana, como saqueada, lo heló de espanto. Acababa de ver lo que queda de un hombre cuando a todo lo que es, todo lo que cree ser, se le resta la mujer que ama.

En El Pasado de Alan Pauls.

17 octubre 2009

Viaje al fin de la noche

Es triste el espectáculo de la gente al acostarse; se ve claro que les importa tres cojones cómo vayan las cosas, se ve claro que no intentan comprender, ésos, el porqué de que estemos aquí. Les trae sin cuidado. Duermen de cualquier manera, son unos calzonazos, unos zopencos, sin susceptibilidad, americanos o no. Siempre tienen la conciencia tranquila. Yo había visto demasiadas cosas poco claras como para estar contento. Sabía demasiado y no suficiente. Hay que salir, me dije, volver a salir. Tal vez lo encuentres, a Robinson. Era una idea idiota, evidentemente, pero recurría a ella para tener un pretexto a fin de salir otra vez, tanto más cuanto que en vano daba vueltas y más vueltas sobre aquella piltra tan pequeña, no lograba pegar ojo ni un instante. Ni siquiera masturbándote, en casos así, experimentas consuelo ni distracción. Conque te entra una desesperación que para qué. Lo peor es que te preguntas de dónde vas a sacar bastantes fuerzas la mañana siguiente para seguir haciendo lo que has hecho la víspera y desde hace ya tanto tiempo, de dónde vas a sacar fuerzas para ese trajinar absurdo, para esos mil proyectos que nunca salen bien, esos intentos por salir de la necesidad agobiante, intentos siempre abortados, y todo ello para acabar convenciéndote una vez más de que el destino es invencible, de que hay que volver a caer al pie de la muralla, todas las noches, con la angustia del día siguiente, cada vez más precario, más sórdido. Es la edad también que se acerca tal vez, traidora, y nos amenaza con lo peor. Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida; ahí está. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad. ¿Y adónde ir, fuera, decidme, cuando no llevas contigo la suma suficiente de delirio? La verdad es una agonía ya interminable. La verdad de este mundo es la muerte. Hay que escoger: morir o mentir. Yo nunca me he podido matar.

En Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline.

28 agosto 2009

Elogio de la lejanía

En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores de la mar del extravío.
En la fuente de tus ojos
el mar cumple su promesa.
Aquí arrojo yo,
un corazón que se detuvo entre los hombres,
mi ropa y el esplendor de un juramento:

Más negro en lo negro, más desnudo voy.
Sólo infidente soy fiel.
Yo soy tú si yo soy yo.

En la fuente de tus ojos
desvarar suelo y sueño un rapto.

Una red prendió una red:
nos separamos enlazados.

En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la soga.

Elogio de la lejanía de Paul Celan.

21 agosto 2009

¿Qué puede un cuerpo?

“El alma no puede determinar al cuerpo al movimiento ni al reposo, ni a nada más (si lo hay). Ahora bien, aunque las cosas se comporten de manera que no quede ningún motivo de duda, creo, sin embargo, que difícilmente se puede inducir a los hombres a examinar esto con ánimo sereno, si no lo hubieran comprobado por la experiencia; tan firmemente están persuadidos de que el cuerpo ora se mueve, ora reposa a una sola señal del alma, y obra muchas cosas que dependen de la sola voluntad del alma y de su arte de excogitar. En efecto, nadie ha determinado hasta aquí lo que puede un cuerpo, esto es, la experiencia no ha enseñado a nadie hasta aquí lo que el cuerpo, por las solas leyes de la naturaleza en cuanto se lo considera sólo como corpórea, puede obrar, y lo que no puede, sin ser determinado por el alma. Pues nadie ha conocido hasta aquí tan exactamente la fábrica del cuerpo (que en artificio excede muchísimo a todo lo fabricado por el arte humano) como para poder explicar todas sus funciones, por no hablar ahora de que en los brutos se observan muchas cosas que exceden largamente a la sagacidad humana, y de que los sonámbulos obran en sueños muchísimas cosas que no se atreverían a obrar estando despiertos; lo que muestra suficientemente que el cuerpo mismo puede, por las solas leyes de su naturaleza, hacer muchas cosas de las cuales se admira su propia alma.”

En Ética demostrada según el orden geométrico (1677) de Baruch Spinoza.


En el video Usain Bolt marca un nuevo record de 9s58 en los 100 metros esta semana en el mundial de Berlín. Hizo lo mismo en los 200 con un tiempo de 19s19. En un post en 2006 me preguntaba cuánto más rápido puede correr un hombre, si tiene límites el desarrollo y el rendimiento del cuerpo humano. Bolt es evidencia de que el horizonte se corre cada vez (asegura que puede correr en 9s40), de que lo verdaderamente sorprendente es el cuerpo.

29 julio 2009

¿Yo?

Yo no tengo una personalidad: yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de forunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, en el W.C... ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo – me pregunto- todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique por ejemplo con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarme de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de transatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquella desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

En Espantapájaros de Oliverio Girondo.

17 julio 2009

Onironautas

Sólo en el sueño nos acercamos al verdadero despertar, es decir, a lo real de nuestro deseo.


La escena es de Waking life de Richard Linklater.

27 junio 2009

El desvío

“Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el tren de las 8.20 y llegas tarde para solicitar un aumento de crédito. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado. Para recuperar cierta intencionalidad y belleza bebes demasiado en las reuniones, te propasas con la mujer de otro y acabas por cometer una tontería obscena y a la mañana siguiente desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que te ha conducido a este abismo sólo encuentras el grano de arena”.

En Diarios de John Cheever.

19 junio 2009

Remanencia

¿Qué te hace sufrir?
Como si se despertara en la casa sin ruido
el ascendiente de un rostro
al que parecía haber fijado un agrio espejo.
Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor
encima de un plato ciego,
levantaras hacia tu garganta oprimida
la mesa antigua con sus frutos.
Como si revivieras tus fugas entre la bruma matinal
al encuentro de la rebelión tan querida,
que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura.
Como si condenases,
mientras tu amor está dormido,
el pórtico soberano y el camino que lleva a él.
¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado.
Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre.
Lo que fue elegido y no fue tocado,
la orilla del salto hasta la ribera alcanzada,
el presente irreflexivo que desaparece.
Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.

Remanencia de René Char.

10 junio 2009

Putas asesinas

“Escucha siempre con atención. Max, las palabras que dicen las mujeres mientras son folladas. Si no hablan, bien, entonces no tienes nada que escuchar y probablemente no tendrás nada que pensar, pero si hablan, aunque sólo sea un murmullo, escucha sus palabras y piensa en ellas, piensa en su significado, piensa en lo que dicen y en lo que no dicen, intenta comprender qué es lo que en realidad quieren decir. Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir, En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida (…) Nadie comprenderá jamás mis palabras de amor. Tú, Max, ¿recuerdas algo de lo que dije mientras me la metías? (…) No, en realidad no lo recuerdas. Tú bebías demasiado y estabas demasiado ocupado con mis tetas y con mi culo. Y no entendiste nada, de lo contrario habrías salido corriendo a la primera oportunidad (…) Has sido el príncipe que ha provocado el orgasmo, puedes sentirte satisfecho. Y yo te di la oportunidad de escapar, pero tú fuiste también el príncipe sordo”.

En Putas asesinas de Roberto Bolaño.

04 junio 2009

Dolores

Voy con la nena, me dijo, y ya lo imaginé todo. Una reunión breve. No soy capaz de pasar muchas horas con un niño dando vueltas por mi casa. Una cita aburrida. ¿Cómo sostener una conversación sobre Baudelaire o sexo anal delante de una criatura? No íbamos a poder hablar de esas cosas que nos mantenían despiertos en la edad de oro de nuestra amistad. Repasé intensamente todas nuestras imposibilidades actuales y me lamenté. Saber de antemano me hizo sentir viejo. Había creado un recuerdo anticipado del encuentro y ya quería olvidarlo. Bajé a abrirle y, efectivamente, ahí estaba, con Laurita en brazos.
-¿Qué hacen locas? Tanto tiempo...
-Bien. Subamos que hace frío. Tengo mil cosas para contarte.

Hace años que conozco a Lola. Ese día que entró al aula, en sus ropas de oficina, llamó la atención de todos. Es que sus tetas son las mejores que una mujer puede tener. Redondas. Paradas. Naturales. Además, es muy linda, ella. Ahí estaba yo, sentado al fondo, con los ojos clavados en sus pechos bamboleantes. La vi caminar, esquivando sillas y miradas, directo hacia mí.
-¿Qué tal?
-Fascinado.
Se rió, tímida, como si no me creyera. Nos hicimos amigos enseguida. Con el tiempo, me acostumbré a no mirarle las tetas. Le puse un biombo amistoso a mi excitación. Su discreción y vergüenza ayudaron: es de esas mujeres que, o bien no saben lo que tienen, no son concientes del poder de unas buenas tetas, o bien lo saben, pero no les importa en absoluto, no las muestran ni las usan. Cuando se pone un bikini, por caso, se cubre con un pareo o si viste un escote, está muy incómoda, pendiente todo el tiempo de que nada se escape, y acaba por taparse con algún saquito a mano.

Subimos y fue hasta el cuarto a sacarse los abrigos y tirarlos sobre mi cama. Me sorprendió verla con un strapless. Nos sentamos en los sillones del living. Con la nena en brazos, se lanzó a hablar:
-El laburo. Me tiene podrida. Mi jefe. Me vuelve loca. No sabés lo que me hizo. El otro día...
Me sonreí al escuchar de nuevo ese modo tan particular que tiene de parlotear, nervioso, ágil, con una especie de miedo irracional a las palabras largas y a las frases complejas. No sé de qué iba la historia porque enseguida dejé de escucharla. Como si tuviera un audífono, bajé el volumen de sus quejas y me quedé mirándola con nostalgia. Recordé cómo me divertía pasear con ella. Iba yo atento a las miradas que le echaban hombres calientes y mujeres envidiosas que mostrarían orgullosas sus prótesis al mundo. Esas miradas después se dirigían, curiosas, hacia mí, buscando saber quién era el beneficiario, el que podía tocar esos pechos y hundir la cabeza en medio. Yo sonreía, canchero, como si alguna vez los hubiera tenido en mis manos. Pero nunca los toqué. Traté siempre de hacer a un lado mi deseo para vivir una amistad que disfrutaba. Supongo que a ella le pasaba un poco lo mismo. No estoy seguro, porque así son las cosas cuando hay dos, sin certezas, con dudas, pero siempre hubo en el aire, entre nosotros, un tufo a cosa contenida. Creo que ella, igual que yo, gustaba de nuestra amistad y no quería echarlo todo a perder por unos polvos.

Se paró y fue hasta la computadora. Puso unos videos en youtube, unos neomuppets que cantaban y bailaban. Laurita se sentó mirando el monitor, como hipnotizada. Volvió a acomodarse en el sillón, frente a mí, y continuó. Ahora se trataba de su hermana que se había ido a vivir con no se quién a no se dónde. Seis meses pasaron desde la última vez que la vi, en el primer cumpleaños de la nena. Y pensar que nos pasábamos los días enteros tirados en su cama viendo películas. A ella le gustaba Wenders y el cine alemán. Yo prefería películas chocolateras. Nos complementábamos. Más de una vez dormimos juntos, en la misma cama. Los dos vestidos, ella de un lado y yo del otro. Se dormía primero y roncaba un poco. Entre sueños, a veces sentía que me rozaba la espalda, como al descuido. Me pregunto si una mujer se da cuenta cuando le apoya las tetas a alguien. Lola me enseñó, por ejemplo, que cuando una chica se pone una mini para salir es porque quiere sexo.
-Quiere ponerla.
-Que se la pongan, querrás decir.
-Es lo mismo.
Fue sin querer, pensaba yo, para volver a conciliar el sueño. A la mañana se levantaba rápido al baño para que no le viera su cara de dormida. Yo me iba a casa apurado, escondiendo las erecciones. Un buen día conoció un chico que le gustó mucho y después otro que le gustó más, se fue a vivir con él y tuvieron una hija. Nunca dejamos de vernos pero los encuentros se fueron espaciando hasta casi desaparecer. No está bien, dicen, que una mujer de novia se pase las horas en la cama con otro tipo aunque sólo se trate de ver películas y conversar. En estas cosas navegaba mi pensamiento mientras ellas se refería a no se qué problema con el padre de la nena.

Laurita, que hacía rato jugaba abajo de la mesa con un cubilete, pasó de una queja graciosa a un llanto estridente. Entonces, sucedió. Lola la levantó con los dos brazos, abrió un poco las piernas y la apoyó en su falda. Sin dejar de hablar, se bajó el strapless con una mano y se tapó con la otra. Ahí nomás, le dio de mamar. Traté de desviar la vista hacia la ventana, pero el sonido de la boquita succionadora me retumbaba en los oídos. No pude disimular más y clavé la mirada en su pecho.
-Y el muy cretino. Hace como dos meses. Que no me pasa un mango.
Me lo decía sin mirarme, mientras cuidaba que la nena no se manche. Mi corazón se aceleró y mi pantalón se abultó. Cuando la bebé por fin se sació, y volvió a apoyarla sobre su falda, ahí quedó, al descubierto. Era hermosa, redonda, blanca, con un pezón rosado, perfecto. Le chorreaba un hilito de leche. Por primera vez en toda la noche, Lola hizo silencio. Levantó una ceja, me miró de reojo y sonrió. Una cara que no le había visto nunca. Cinco segundos duró el milagro. Con la satisfacción de quien paga una deuda, se volvió a acomodar la remera, le secó la boca a la hija y siguió hablando.