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21 abril 2009

¡Es la persecución, estúpido!


El video es el capítulo Soup or sonic, el único (porque lo que anda dando vueltas ahora por youtube es una truchada) en que el Coyote logra atrapar al Correcaminos. Filosofía en dibujos, por Chuck Jones.

30 abril 2008

Sincronizar

Hacer que coincidan en el tiempo dos o más movimientos o fenómenos (el resultado puede ser encantador).
Las escenas son del film The Wizard of OZ (1939) de Victor Fleming y las canciones son The great gig in the sky y Money del disco The dark side of the moon (1973) de Pink Floyd.

03 mayo 2007

Los segundos tienen ese no se qué

He notado últimamente que, en un acontecimiento deportivo, el mejor no es siempre el más apoyado por el público. Aquellos que gustamos del juego -y que no somos lo que se dice precisamente “fanáticos”- solemos tener cierto aprecio por aquel que no es el primero, por el que está en desventaja. Por ejemplo, hace algunas semanas, Guillermo Cañas le ganó dos veces seguidas a Roger Federer (el mejor jugador de tenis de la actualidad y el número uno del ranking). Era evidente que el aliento de los espectadores estaba del lado del argentino (los partidos se jugaron en Estados Unidos, una sede que se podría considerar neutral -sólo en este caso, claro). Y si bien es cierto que Federer no parece ser un suizo cálido y carismático, entiendo que es por ser el mejor que se ha ganado no tener el mismo apoyo que cualquier jugador que lo enfrente. Porque es más cierto que el segundo, el que tiene más probabilidades de perder, el que corre con desvetaja, el débil, genera una especie de simpatía en la afición sólo por el hecho de serlo. Ese apoyo del que hablo, es despersonalizado: el público hubiera apoyado a cualquiera que estuviera en lugar de Cañas, a cualquiera que jugara contra el número uno. Otro segundo generaría cosa idéntica.

Ahora bien, para hacer de este argumento algo más complejo quiero agregar algunas consideraciones de lo que fue mi propia experiencia cuando vi uno de estos partidos por tv. Desde el arranque mi apoyo estaba con el argentino (si bien suena lógico por un lado no deja de ser algo ridículo que tenga ganas de que un tipo que juega al tenis gane un partido). Pero en los tramos del encuentro en los que Cañas se imponía con firmeza, empecé a desear que el match se emparejara, experimenté la extraña sensación del traslado hacia Federer de mis deseos de que alguien ganara el partido (sigo sonando ridículo, ¡y ahora también ilógico!). En ese momento me sentí abrumado por una reflexión: “cuando eso ocurra, cuando Roger vuelve a estar arriba en el marcador, voy a volver a desear que gane Cañas y así ad infinitum”.

La ironía radica en que, incluso cuando el mejor está en circunstancial desventaja, genera el tipo de adhesión de la que hablo. Esto quiere decir que la institución “segundo” es la que causa predilección. Puede ser por compasión, por rechazo a aquellos que se perpetúan en el poder (si es que ser el mejor en algo es tener poder), por identificación -form(am)o(s) parte de esa enorme masa de gente que nunca va a ser la mejor en algo- o vaya uno a saber por qué. Lo cierto es que cada victoria (y cada derrota) de quien sea (incluso mía -cuando soy un participante activo de algún juego) me dejan un sabor extraño porque, seguramente, en algún momento del match, mi simpatía estuvo así como con el ganador, con el perdedor.

Hablando de tenis (si es de eso de lo que estoy hablando), acá el mejor partido que vi en mi vida, en el que un eterno segundo al fin ganó.

 El video es Goran Ivanisevic campeón de Wimbledon 2001.

31 octubre 2006

Lo esencial es invisible a los ojos

“¿Cómo lo hizo?”. Esta pregunta es con frecuencia la primera reacción del espectador del truco de magia. Algunos desean conocer el truco para vengarse del repetido engaño que el ilusionista crea al ego personal, y así ridiculizarlo y menospreciarlo. Pero en esa codiciosa pretensión de ver más allá de lo que se le muestra, el espectador pierde el sentido de la magia y la gracia de la ilusión (además de no encontrar respuesta a la ridícula pregunta, pues raras son las manifestaciones del condenable delito de la explicación pública del secreto). Lo que quiero decir es que no vale la pena indagar. La magia es un arte (el arte de hacer realidad algo que parece imposible y de hacerlo invisible a los ojos del espectador) y, como tal, no hay que hacerle muchas preguntas. Un arte que necesita (más que otros) del público, de uno que se deje ilusionar.

Entre estos artistas (porque crean) que son los ilusionistas hay uno que resalta. No por su vestuario o sus artefactos llamativos. Tampoco por los efectos especiales que utiliza ni por sus grandes trucos espectaculares sino por todo lo contrario: porque hace magia simple, porque vuelve a la antigua magia de los actores ambulantes, porque sabe generar la sensación de situación irrealizable, sabe transmitir el misterio delante mismo de los ojos de la gente.



(El video es de David Blaine: street magic. Al final un par de trucos que resultan tontos para el espectador escéptico pero que son geniales para el que se deja ilusionar).

04 agosto 2006

La seguridad de la Coca-Cola

“Cuando se empieza a juntar cosas, se empieza a pensar que esas cosas importan. Y cuando estas cosas desaparecen, se rompen o alguien las roba se siente que parte de uno también desaparece, se rompe o es robada” (en La seguridad de los objetos de Rose Troche).

En 1985 Coca-Cola cambió la fórmula de la bebida que había permanecido inalterable durante 100 años y lanzó al mercado New Coke (Nueva Coca-Cola). El fracaso fue rotundo. La gente rechazó el nuevo sabor y se abalanzó a los supermercados a comprar las últimas Coca-Colas de siempre. La empresa recibió más de 400.000 cartas de protesta y miles de llamados diarios de clientes molestos con el cambio. Las nuevas botellas de “la Coca-Cola para débiles” eran estrelladas contra el suelo y su contenido tirado por las alcantarillas como medidas de protesta; hubo abucheos y amenazas para los responsables del cambio y hasta hubo algunos suicidios a los que se relacionó con la desaparición de la clásica gaseosa (uno no sabe qué cosa puede bastar para precipitar todos los rencores y cansancios en suspenso). Ante el descontento generalizado, la compañía revisó la medida y, a menos de tres meses del lanzamiento de New Coke, la Coca-Cola Clásica regresó al mercado. En el discurso de relanzamiento de la bebida más conocida del mundo (el 94% de la población mundial conoce Coca-Cola, la palabra más reconocida alrededor del mundo después de la expresión “Okay”) el presidente de la compañía, Donald Keough, dijo que “cambiar la Coca-Cola es como que Dios hiciera el pasto púrpura o pusiera dientes en nuestras rodillas”. Aquel 11 de Julio de 1985 la cadena ABC interrumpió su programación regular para dar la noticia, a la que calificó como “trascendental en la historia de los Estados Unidos” y, al día siguiente, todos los periódicos de Estados Unidos la colocaron en sus portadas, relegando a segundo plano la operación de cáncer del presidente Reagan. Es que, para algunos, aquel día fue el más feliz de sus vidas y la restauración del viejo producto, una liberación.

Evidentemente, la Coca-Cola es algo importante en la vida y la cultura de mucha gente. No se trata sólo de una simple gaseosa cola sino de una parte de sí mismos, la bebida con la que crecieron muchas generaciones, una fibra sensible, un icono, un símbolo nacional, una adicción, una religión… ¡Dios, Patria y Coca-Cola!

No deja de ser, en cierto modo, trágico cómo algunas necesidades materiales y consumos se convierten en algo relevante para la vida y hasta dan consuelo a la existencia; cómo a veces se dirigen las emociones hacia las cosas equivocadas (hacia las cosas); cómo a veces las cosas de las que estamos rodeados acaban por definirnos, cómo reaccionamos cuando las tenemos y, de repente, ya no más. En fin, cómo experimentamos la seguridad de los objetos… y de la Coca-Cola.


(Publicidad argentina La última Coca).