03 mayo 2007

Los segundos tienen ese no se qué

He notado últimamente que, en un acontecimiento deportivo, el mejor no es siempre el más apoyado por el público. Aquellos que gustamos del juego -y que no somos lo que se dice precisamente “fanáticos”- solemos tener cierto aprecio por aquel que no es el primero, por el que está en desventaja. Por ejemplo, hace algunas semanas, Guillermo Cañas le ganó dos veces seguidas a Roger Federer (el mejor jugador de tenis de la actualidad y el número uno del ranking). Era evidente que el aliento de los espectadores estaba del lado del argentino (los partidos se jugaron en Estados Unidos, una sede que se podría considerar neutral -sólo en este caso, claro). Y si bien es cierto que Federer no parece ser un suizo cálido y carismático, entiendo que es por ser el mejor que se ha ganado no tener el mismo apoyo que cualquier jugador que lo enfrente. Porque es más cierto que el segundo, el que tiene más probabilidades de perder, el que corre con desvetaja, el débil, genera una especie de simpatía en la afición sólo por el hecho de serlo. Ese apoyo del que hablo, es despersonalizado: el público hubiera apoyado a cualquiera que estuviera en lugar de Cañas, a cualquiera que jugara contra el número uno. Otro segundo generaría cosa idéntica.

Ahora bien, para hacer de este argumento algo más complejo quiero agregar algunas consideraciones de lo que fue mi propia experiencia cuando vi uno de estos partidos por tv. Desde el arranque mi apoyo estaba con el argentino (si bien suena lógico por un lado no deja de ser algo ridículo que tenga ganas de que un tipo que juega al tenis gane un partido). Pero en los tramos del encuentro en los que Cañas se imponía con firmeza, empecé a desear que el match se emparejara, experimenté la extraña sensación del traslado hacia Federer de mis deseos de que alguien ganara el partido (sigo sonando ridículo, ¡y ahora también ilógico!). En ese momento me sentí abrumado por una reflexión: “cuando eso ocurra, cuando Roger vuelve a estar arriba en el marcador, voy a volver a desear que gane Cañas y así ad infinitum”.

La ironía radica en que, incluso cuando el mejor está en circunstancial desventaja, genera el tipo de adhesión de la que hablo. Esto quiere decir que la institución “segundo” es la que causa predilección. Puede ser por compasión, por rechazo a aquellos que se perpetúan en el poder (si es que ser el mejor en algo es tener poder), por identificación -form(am)o(s) parte de esa enorme masa de gente que nunca va a ser la mejor en algo- o vaya uno a saber por qué. Lo cierto es que cada victoria (y cada derrota) de quien sea (incluso mía -cuando soy un participante activo de algún juego) me dejan un sabor extraño porque, seguramente, en algún momento del match, mi simpatía estuvo así como con el ganador, con el perdedor.

Hablando de tenis (si es de eso de lo que estoy hablando), acá el mejor partido que vi en mi vida, en el que un eterno segundo al fin ganó.

 El video es Goran Ivanisevic campeón de Wimbledon 2001.

2 comentarios:

Funes dijo...

se esconde una falacia en el post
si lo que prima es
el fanatismo
por el primero o el segundo

no prima el juego
sino el resultado

hay jugadas que duran 1 min (en un partido de 3 hs) que pagan el partido

después, quién gana o quién pierde
creo que es otra discusión

no?
Saludos

Anónimo dijo...

( .

: )